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Teatro
Argentino
En 1783 se creó en Buenos Aires la primer Casa de Comedias; el gestor
de esta empresa fue el Virrey de las Luces, como se le llamaba al Virrey
Vertiz. El teatro de La Ranchería desapareció por un incendio en 1792;
allí se estrenó, tres años antes, Siripo de Manuel José de Lavarden,
considerada la primera obra de un autor local. Cuatro años después del
incendio de La Ranchería, se inauguró una nueva sala teatral, el Coliseo
Provisional; y se la consideró como la sala de la revolución, quizá
por lo cercana que ya se hallaba la revolución de mayo de 1810. En este
teatro se estrenó El detalle de la acción de Maipú, cuyo autor se desconoce;
una obra en la que se glosan con habilidad costumbres populares.
Más tarde estuvo en cartel El hipócrita político, sólo se conoce del
autor lo que podrían ser sus iniciales: P.V.A. ; se trató de una comedia
urbana, en la que se reflejaba el hogar porteño de la época. También
en aquel teatro, se estrenó Túpac Amaru (o La revolución de Túpac Amaru),
una tragedia escrita en verso, la historia registra la revolución indígena
que se produjo en 1780 en Tungasuka, Perú.
Tiempo después, cuando Juan Manuel de Rosas se hallaba a la cabeza de
un gobierno absolutista, apareció la petite pieza El gigante amapolas
de Juan Bautista Alberdi; en esta ocasión Alberdi utiliza por primera
vez elementos del absurdo y del grotesco en la dramática argentina.
Mientras esto ocurría, diversas compañías europeas visitaban el Río de
la Plata en forma continuada. Por otra parte, el circo se desarrollaba
bajo la influencia de los ejemplos europeos y latinoamericanos en este
género, sobre todo de aquellos que en sus giras incluían a la Argentina.
En 1884 apareció el drama gauchesco Juan Moreira en forma de pantomima
en el circo. Este folletín, de Eduardo Gutierrez, que apareció en un diario
de Buenos Aires, fue la base de la primera pieza de teatro gauchesco,
que más tarde se completó dramáticamente con textos extraídos de la novela
(1886).
Este ciclo se cerró en 1896, al estrenarse Calandria de Martiniano
Leguizamón.
Por ese entonces Buenos Aires recibía gran cantidad de inmigrantes que
llegaban a estas tierras en busca de una vida mejor. Con ellos, y de parte
de los españoles, vino el sainete, estilo teatral que dio origen al sainete
criollo. Surgió en ese momento, un grupo de autores que se inscribieron
en este estilo y que contaban la vida de los porteños en los conventillos,
en las calles y en los cafés. Entre ellos podemos citar a Roberto L.
Cayol, Carlos M. Pacheco, José González Castillo, Alberto Novión y
Alberto Vacarezza.
A partir del comienzo del siglo XX la actividad teatral en Buenos Aires
fue intensa. Diferentes compañías estrenaron numerosas obras inaugurándose
de este modo la época de oro. Florencio Sánchez, Gregorio
de Laferrere y Roberto J. Payró, dieron a la actividad una
creatividad poco común.
Todos los estilos aparecen uno a uno, el sainete criollo, la gauchesca,
la comedia de costumbre y alcanzaron su más alto lugar con Armando
Discépolo. Fueron treinta años de numerosos autores y actores.
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