| DON
DIEGO.- Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que asustarse ni
alborotarse (Siéntanse los dos) por nada de lo que yo
diga; y cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo necesitamos...
Su hija de usted está enamorada...
DOÑA IRENE.- Pues ¿no lo he dicho ya mil veces?
Sí, señor, que lo está; y bastaba que yo lo dijese para que...
DON DIEGO.- ¡Este vicio maldito de interrumpir
a cada paso! Déjeme usted hablar.
DOÑA IRENE.- Bien, vamos, hable usted.
DON DIEGO.- Está enamorada; pero no está enamorada
de mí.
DOÑA IRENE.- ¿Qué dice usted?
DON DIEGO.- Lo que usted oye.
DOÑA IRENE.- Pero ¿quién le ha contado a usted
esos disparates?
DON DIEGO.- Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie
me lo ha contado, y cuando se lo digo a usted, bien seguro estoy
de que es verdad... Vaya, ¿qué llanto es ése?
DOÑA IRENE.- (Llora) ¡Pobre de mí!
DON DIEGO.- ¿A qué viene eso?
DOÑA IRENE.- ¡Porque me ven sola y sin medios,
y porque soy una pobre viuda, parece que todos me desprecian
y se conjuran contra mí!
DON DIEGO.- Señora doña Irene...
DOÑA IRENE.- Al cabo de mis años y de mis achaques,
verme tratada de esta manera, como un estropajo, como una puerca
cenicienta, vale al decir... ¿Quién lo creyera de usted?...
¡Válgame Dios!... ¡Si vivieran mis tres difuntos!... Con el
último difunto que me viviera, que tenía un genio como una serpiente...
DON DIEGO.- Mire usted, señora, que se me acaba
ya la paciencia.
DOÑA IRENE.- Que lo mismo era replicarle, que
se ponía hecho una furia del infierno, y un día de Corpus, yo
no sé por qué friolera, hartó de mojicones a un comisario ordenador,
y si no hubiera sido por dos padres del Carmen, que se pusieron
de por medio, lo estrella contra un poste en los portales de
Santa Cruz.
DON DIEGO.- Pero ¿es posible que no ha de entender
usted a lo que voy a decirle?
DOÑA IRENE.- ¡Ay, no, señor; que bien lo sé, que
no tengo pelo de tonta, no, señor!... Usted ya no quiere a la
niña, y busca pretextos para zafarse de la obligación en que
está... ¡Hija de mi alma y de mi corazón!
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