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Una amiga poco común
Juan se puso su sombrero de pesca y salió con paso tranquilo por el camino de
tierra que lo llevaba al río Paraná.
Todas las mañanas, desde que cumplió 7, hacía el mismo recorrido, no se cansaba
porque estaba acostumbrado.
Lo acompañaban el canto de los pájaros mañaneros o el aullido de algún animal
de la zona.
Se topó con una serpiente, que por ahí abundan, y la esquivó. Es cosa de todos los
días encontrarse con esos bichos.
Cuando apareció el sol con sus primeros rayos se sentó a pescar; acomodó la
bolsa con una botella de agua y un sándwich que le preparó su abuelo y
esperó impacientemente a sus demás compañeros hasta que por fin
escuchó el ruido de las bicicletas.
Patricio y Tomás lo saludaron y con asombrosa paciencia armaron sus cañas.
Tenían que juntar muchos pescados para venderlos en la feria del
pueblo.
Conversaban bajito para no espantar a los peces cuando un ruido que hizo temblar
la tierra los sobresaltó.
-¿Qué fué eso?- se preguntaron.
Nada...Silencio.
Asustados dejaron las cañas y empezaron a mordisquear los sándwiches de
mortadela y...otra vez ese ruido.
-Debe ser un león.-Dijo Juan con la boca llena y los ojos grandes.
-No, para mi es un camión gigante, de esos que van para Buenos Aires.-Lo
consuela Tomás.
Patricio estaba muy asustado como para hablar.
Sin hacer ruido, casi en puntas de pie, caminaron para descubrir qué cosa podía
hacer tanto alboroto.
Ahí estaba, tirada y malherida una enorme pantera negra.
Los miró como pidiéndoles ayuda, sus ojos daban cuenta del dolor que sentía este
enorme bicho. Los tres casi se caen del susto.
-¿Qué le habrá pasado?-. Preguntó Patricio.
-No ves que le pegaron un tiro.-Dijo Tomás.
Cerca a una de sus patas traseras estaba el agujero.
Uno de los chicos corrió a buscar agua y los otros dos se fueron acercando
temblorosos.
La pantera rugía cada vez más.
Cuando llegó Juan con el agua y se la acercó dejó de quejarse. Estaba muy
lastimada.
Entre los tres se pusieron a construir una cama con ramas y cañas y acostaron
con mucho esfuerzo al animal. Y así, en esa barca
improvisada, bajaron por el río Paraná, era la forma más rápida para llegar al
pueblo.
Al desembarcar se encontraron con caras de susto, la gente le tiene mucho miedo
a estos animales.
Fueron en busca del doctor del pueblo, ya que veterinarios no había, quien la
operó para quitarle la bala.
Pasaron los días y la pantera mejoraba, cuando estuvo totalmente curada el doctor
le preguntó a los chicos qué iban hacer con ella.
Juan, Patricio y Tomás decidieron llevarla a la selva, esa era su casa.
Con una camionetita vieja del abuelo de Juan la llevaron y allí la liberaron.
La pantera corrió y se perdió entre los matorrales, seguramente felíz de volver a su
lugar.
Según cuentan los lugareños, después de unos días y descansados de semejante
aventura los tres amigos volvieron a pescar. Esta vez no estaban solos. Trepada a
un árbol los cuidaba su amiga, la pantera.
Autora: Ivana Salinas
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